Llevaba tiempo pensándolo, pero después de ver cómo disfrutó el otro día en la orilla del mar lanzando piedrecitas al agua llegué de vacaciones completamente decidida a buscar un sitio donde apuntar al niño matronatación. La búsqueda no se complicó mucho, de hecho me bastó con preguntar a mi vecina sobre el gimnasio donde lleva a su niña, así que el martes ya nos habíamos apuntado a nuestra primera clase de prueba.
La clase fue ayer y nos lo pasamos fenomenal. Antes de entrar el monitor nos dijo que la primera clase nos limitásemos solamente a estar en el agua y a que el niño se familiarizase con el espacio y los juguetes, que los días siguientes ya emplearíamos el churro y demás aperos de piscina. Pero Samuel, que es un pececito etíope, tardó dos minutos en hacerse el dueño de la piscina y en un ratito nos colocamos el churro y fuimos como locos de un lado a otro empujando las pelotas… Estaba para comérselo con el gorro puesto y la cara salpicada de agua.
El momento trágico fue el de la salida, porque las clases son de 30min y a mi niño le saben a muy poco. Como esperaba nos costó una rabieta de esas suyas que le congestionan la cara y le hacen mirarme desesperado, como si le estuviese haciendo lo peor de lo peor. Y supongo que en cierto modo es así, que estaba disfrutando tanto con ese momento que lo peor que podía pasarle era que terminase… Afortunadamente la parte buena de las rabietas es que se nos pasan enseguida, y lo mejor de todo, aunque el no lo sepa, es que el próximo jueves volvemos!!!!!!

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