En la teoría los especialistas
insisten en la importancia de las rutinas en la crianza de los niños. Y es en
la práctica, cuando tienes un niño pequeño en casa, cuando entiendes
completamente el significado de la doctrina. A Samuel no es sólo que la rutina
le de seguridad y con ello serenidad, también y sobre todo, es que las rutinas
le gustan tanto que sonríe de placer cuando lo que sabe que va a pasar, como
por arte de magia, ocurre.
Así que sin planearlo tenemos
“rituales” para cada cosa (comer, bañarse, salir de casa, ponerse el pijama) y
lo mejor de todos ellos es que cada día ocurren como si fuera la primera vez,
con la misma curiosidad, con la misma ilusión, como una sorpresa que se
repitiese, una y otra vez, sin desgastarse nunca.
Al salir de casa, por ejemplo,
cuando Edu o yo le decimos “Samu a la calle”, el busca por la casa a su perro
de peluche (llamado guau guau porque no somos muy originales) y lo coloca en la
puerta de entrada, siempre en la misma esquina, para despedirse de él diciéndole
adiós con la mano. Y este “protocolo se salida” surgió espontáneamente de él, a
partir de un día que quería llevarlo a cole y le dije que no podía ser, que
mejor le dejábamos en casa, esperándonos al lado de la puerta y pidiéndole que
cuidase de la casa hasta que volviésemos. Así que desde entonces, repetimos la
salida de aquella mañana cada día: colocamos a guau guau, le decimos adiós y le
pedimos que nos espere en la entrada. Es genial.
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