Ayer fue nuestro primer día de completa normalidad. Nos levantamos a las siete, duchas, café, vestirse mecánicamente, preparar las cosas del cole, despertar al niño… Los chicos salen primero, diez minutos después mamá, que se queda poniéndose los zapatos y recogiendo todo lo que puede. A media mañana papá y superamor ya están en el colegió, mamá en la clínica, esperando a que lleguen pacientes como agua de mayo (la crisis nos está afectando bastante a la sanidad privada…)
Durante la última semana nos hemos ido incorporando poco a poco, al trabajo, a la guardería, a natación. Volver a la escuela fue un poco duro para Samuel, que no se lo esperaba, y se quedó llorando a todo llorar… pero se ha re-adaptado enseguida, y ya el primer día salió contento como unas castañuelas, contándole a la directora que en la playa las “pidas gandes” no se tiran al agua….
Cuesta bastante coger el rítmo, la verdad, me incorporé la semana pasada y estaba tan cansada que el domingo me eché una siesta de tres horas, al despertarme no sabía ni qué día era de lo profundamente que dormí… Y es que la actividad diaria, la de la normalidad, tiene algo de Marathon, de carrera de fondo, de ejercicio físico y psicológico para el que se necesita entrenamiento, para el que tenemos que recuperar el tono muscular y mental perdido durante las vacaciones.
Sin embargo, para mí, también hay algo de alivio en la normalidad, en la rutina, en la sensación de levantarse y pensar “todos a sus puestos” y ver como cada uno sabe lo que tiene que hacer para que el barco avance y la cosa, la vida, funcione aún sin saber muy bien cómo se es capaz de mantener el equilibrio en esta locura de ser madre, trabajadora, pareja, amiga, estudiante, ama de nuestro nidito y todo lo demás para lo que me sobre una miguita de tiempo…
Pasamos muy buenas vacaciones aunque de entrada fue demoledor meterse en el cuerpo casi 800 km de coche hasta la Costa Brava. Estuvimos en Gerona, porque siempre tiramos hacia el Sur y queríamos conocer algo distinto. Y distinto es, claramente, ni el paisaje, ni el tipo de turismo, ni el carácter de las personas… nada que ver con Andalucía. Merece la pena visitarlo, los pueblos medievales parecen de cuento, pero si soy sincera, a ratos echamos mucho de menos Burriana, nuestra playita, los boquerones de Pedregalejo, los paseos por Nerja…
Como todos los años también pasamos una semana en el pueblo, con mis padres, mi hermana y mi sobrina. Sin mucha actividad pero cumpliendo con las citas de todos los años: ir a comprar queso a Serrada, Verdejo en la bodega del pueblo, tomar leche helada en la plaza de Tordesillas, café en la plaza de Medina del Campo, cena en la Botica, ir a ver a los caballos, aperitivo el domingo en la Gramola y entre medias piscina, paseos con el abuelo y juegos en el jardín.
Hemos estado muy a gusto, la verdad, muy relajados, y el niño ha pegado un cambio tremendo estos días. Durante este mes de agosto que hemos estado los tres juntos mañana, tarde y noche, he podido comprobar que los niños, lo que necesitan sobre todas las cosas para su crecimiento y desarrollo, es estar con los padres, especialmente si el niño, como es el caso de mi hijo, tiene un miedo bastante evidente a separarse de nosotros. Ha estado lo que está por encima de feliz, y se ha portado fenomenal, obediente, tranquilo, risueño, cariñoso… Y esa felicidad y tranquilidad le han servido de colchón para dar unos saltos tremendos en dos aspectos, uno en el habla, otro en su reacción ante situaciones desconocidas. Su vocabulario se ha disparado y aunque sigue siendo vergonzoso y en un primer momento se agarra a nosotros desesperado, va tardando menos en relajarse y socializar con el resto de mundo.
Bravo! felicidades y feliz vuelta a la normalidad.
ResponderEliminarToma, toma, toma !!!
ResponderEliminarQuiero decir, que esa ha sido la última expresión aprendida por Samuel. Me encanta. Y el 'toma' lo dice 3 veces. Toma, toma, toma !!! :)
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