Hace un mes que nos enteramos de que el próximo curso estará cerrada la Escuela Infantil de Samuel. Era
algo de esperar teniendo en cuenta los pocos niños que hay matriculados por
debajo del curso de mi hijo, entre 0 y 2 años, pero la verdad es que la noticia
nos dejó bastante impactados. A nosotros no nos afecta en la logística del año
que vienen porque mi hijo ya empieza el colegio, pero si nos ha arañado
bastante en lo emocional.
No se cuál es la relación habitual entre los padres y las escuelas infantiles
de sus hijos, la única referencia que tengo es la de mis sobrinos. Se que no es
lo mismo –aunque yo me he sentido muy madre de mis sobrinos- ser madre que tía,
pero cuando yo recogía a mi sobrina de su guardería, cosa que ocurría muy a
menudi, el trato y la dedicación no eran tan cercanos. Llamaba al timbre y a
los cinco minutos me sacaban a la niña a la puerta, casi sin comunicación,
esperando en la calle, sin hablar con nadie. Tampoco recuerdo comentarios de
mis hermanas, o de amigas, sobre las guarderías de sus hijos, así que hasta que
entramos a formar parte de Caracol Mágico mi visión de las Escuelas Infantiles
era bastante limitada y anticuada. Ahora son muchas las cosas que tengo que
agradecerle a las educadoras del centro porque son una parte fundamental en la
vida de mi hijo y siento que han sido una ayuda especial en su adaptación.
Tampoco se cómo será la relación de otros niños con su compañeros de
clase, pero si se que mi hijo adora a sus amigos y a sus educadoras. Que va
contento al colegio y que sale contento del colegio. Que es una referencia
clave para él: Si pasamos cerca de la escuela nos recuerda que “Ahí está mi
cole” y si conocemos a una niña que se llama Elena enseguida la bautiza
como “Elena como la de mi cole”… Por eso
me cuesta creer, como si también yo fuese una niña de tres años, que un mundo
tan seguro como ese, tan “dado por hecho”, tan predecible, esté a punto de desaparecer.
Si alguna vez tuve dudas sobre si llevarle a guardería era lo mejor
para nosotros ahora tengo la seguridad de que así era. Haber empezado un poco
más tarde y estar menos horas hubiese dado lugar a la situación perfecta,
sobre todo para el niño, pero como tenía dos sogas atándome los pies y las
manos (la duración ridícula de la baja maternal y una jornada laboral que me
dio miedo reducir por la situación crítica de mi empresa) lo tuve que hacer
así, como tantas otras familias en España.
El caso es que me da muchísima pena dejar la escuela y que a esa
nostalgia inevitable por lo rápido que crece mi hijo se le suma la pena de
saber que en unas semanas la puerta de Caracol Mágico se cerrara para siempre. Me
da pena que cierre el centro, me dan pena las educadoras, que son fantásticas,
y me da pena también que se separen los niños, tan habituados y seguros en las
rutinas de su escuela.
Sin embargo, evocando de nuevo a lo emocional, creo que nuestros niños
serán, de alguna manera, “Caracoles Mágicos” para siempre. Que en algún lugar
de sus pensamientos, de sus sentimientos, de sus emociones, ha quedado una
diminuta huella de caracol grabada, como una impronta, y que esa huella, junto
con otras muchas que la vida irá dejando en ellos, les ayudará a ser en adelante
tan felices como estos años entre las paredes verdes del Caracol
Mágico
Es un
Caracol Mágico porque apenas puede verse. Lentamente recorre las calles y sólo
pueden verlo los que se detienen a mirarlo. Si te paras, al margen de los
ruidos y de la calle, puedes ver que a veces es diminuto y otras gigante,
dependiendo de lo que necesites de él.
Escondido dentro de su caparazón siempre dice lo que
piensa, aunque no es de esos animales locos que te inmovilizan con su
verborrea. El caracol habla despacio, usando siempre la palabra justa y
escogiendo el mensaje adecuado para ti. Si estás contento usa su voz de caracol
contento y si estás triste emplea su voz de caracol triste. Es dulce, atento,
serio, sofisticado, trabajador, divertido, paciente y sereno con todos los
niños.
El Caracol Mágico vive al otro lado de la calle, en un
lugar secreto, inaccesible para los que quieren conseguir las cosas sin
esfuerzo y sin corazón. Cambia de color a cada hora del día y cuando es verde
una pequeña puerta se dibuja en su espalda para que los niños puedan entrar en
su interior.
Dentro del diminuto Caracol Mágico hay personas mágicas
que con sus sonrisas mágicas extraen lo mejor de cada fruta, de cada canción,
de cada ser humano. Su interior es suave, acogedor y siempre está decorado con
la ternura de los patos, las primeras palabras de las ardillas y el juego
interminable de los búhos.
El caracol sólo descansa cuando llega la noche y al salir
el sol inicia su andadura constante y lenta, sin detenerse nunca. El Caracol
Mágico avanza y en su monotonía va dejando tras de si un rastro de felicidad
verde y luminoso, como si en realidad no quisiera alejarse demasiado. Si quieres dar con él nunca estará escondido
y aunque apenas pueda verse seguirá tejiendo
su interminable camino mágico allí donde quieras ir a buscarlo.
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