Hay dos frases que mi hijo repite varias veces al día. Con una me dice “mamá estoy aquí” y con la otra me muestra las maravillosas hazañas que emprende cada tarde.
Las dos situaciones me producen una ternura indescriptible. Me ilusionan, me conmueven, me hacen sentir orgullosa como nunca lo he estado de nada.
La primera frase ocurre durante sus momentos de juego, cuando está solo, pintando o con los coches, y yo cerca de él pero a lo mío, haciendo cualquier otra cosa. Estamos separados, tranquilos, en silencio, y de repente, aunque los dos lo sepamos porque estamos al lado uno de otro, me recuerda que “mamá, estoy aquí…” También sucede en el parque, si estoy sentada en un banco y él está en el tobogán, o en el artilugio de madera que parece un barco, o mirando atentamente cómo los mayores juegan cerca de la fuente con los globos de agua. De repente, sale de sus ensimismamiento y corre a decirme “¡mamá, estoy aquí!"
Lo se mi niño, yo te miro siempre….
Entre medias son muchas las veces que me llama para enseñarme lo que hace.. “¡Mira mamá!” y veo cómo salta desde un escalón, cómo se pone bocabajo, subiendo una pierna como si quisiera hacer el pino. Cómo baila, Cómo pinta. Cómo corre. Cómo juega con la pistola de agua que le regalaron en el cumpleaños de Alicia.
Son comportamientos muy normales en niños de su edad, conductas típicas que no llamarían para nada mi atención de no ser mi hijo el protagonista de la escena
Pero es mi hijo y cada palabra suya es una revelación para mi, cada movimiento, cada gesto, son mensajes, señales, oraciones enteras que me dicen mucho más que el significado aparentemente simple de sus frases infantiles.
Con la primera frase me dice que empieza a ser independiente, que ya no es un bebé y que puede explorar el mundo sólo, que no me necesita todo el tiempo aunque como aún es pequeño, de vez en cuando, sienta la necesidad de regresar y comprobar que sigo cerca, porque aún depende para muchas cosas de mi, porque sigo siendo el suelo firme sobre el que pisa. “Mamá, estoy aquí….”
Con sus “¡mira mamá lo que hago!” me enseña que su cerebro es un cerebro más maduro, un cerebro capaz de experimentar emociones más complejas como el orgullo y capaz también de autoevaluarse. Ha crecido y reconoce hacer cosas que antes no hacía y también empieza a sentirse motivado por lograr nuevas metas, como vestirse y desvestirse, echarse solo la crema, pinchar con el tenedor o recortar con las tijeras. Su cerebro, en continuo desarrollo, sufre una explosión de lucidez tras otra y con sus repetidos “¡mira mamá!” mi hijo enseña que además de nuevas capacidades ha desarrollado nuevas necesidades, que ya no le basta comer, dormir, beber, estar limpio y ser querido, ahora necesita más que nada tener la atención y el reconocimiento de las personas a las que quiere.
Ay hijo, si supieras cuánto me asombras cada día!!!

Qué mono, me encanta lo de Mamá, estoy aquí, que es casi como Mamá, estás aquí, qué bien. Dices que es normal esto que hace a su edad pero en realidad es una maravilla extraordinaria ver cómo se convierten en personitas.
ResponderEliminarUn beso