Cuando era pequeña y llegaba el invierno pasaba la tarde en casa, con mi madre. Mis hermanas mayores hacían los deberes y la televisión infantil – Barrio Sésamo- acababa después de la merienda. Entonces no había Clan, ni Disney Chanel, ni discos duros llenos de películas con las que anestesiarme. La tarde era entonces, como diría Manolo García, un desierto por habitar.
Mi madre cosía, nos hacía la ropa porque en casa no entraba mucho dinero y tampoco había HM donde comprar las cosas a buen precio. También pintaba o dedicaba el tiempo a todo tipo de manualidades, desde el estaño a la restauración, porque siempre tenía algo con lo que entretenerse.
Durante esas tardes de invierno, cuando era niña, a veces me aburría. Pensaba que como era la pequeña de la casa era la única que no tenía cosas que hacer y esa idea me conducía a darle la lata a mi madre: “Mamaaaaa… Me aburrooooo “….. Esperando que ella me marcase el camino…. Esperando que me liberase de esa sensación de malestar y desgana. Pero mi madre, pincel en mano, simplemente me miraba, me atendía y me sugería cosas que hacer, no dejaba todo lo que estaba haciendo para entretenerme ni trazaba un plan semanal de actividades con las que estimularme. Si me aburría era mi problema y yo sola tenía que buscarle solución.
Sin llegar a contestar a los hijos eso tan desagradable de “si te aburres cómprate un mono” es verdad que hemos caído en la obsesión de estimular constantemente a los niños… ¡incluso antes de que hayan nacido! Y cuando llega el invierno y los días de lluvia nos estrujamos la cabeza, buscamos en Internet, les apuntamos a clases… hacemos todo lo posible y lo imposible porque nuestros pobres niños no sean alcanzados por el terrible fantasma del aburrimiento. Queremos que no se aburran y que aprendan aprendan y vuelvan a aprender para que en el futuro sepan estar a la altura, aunque no sepamos exactamente a la altura de qué.
¿Qué tiene de horrible el aburrimiento?
Si la alegría existe para facilitar la interacción social y promover la búsqueda de solucione creativas, si la sorpresa nos prepara para adaptarnos a cambios inesperados, si la función de la ira es dar respuestas rápidas de defensa, si en definitiva todas las emociones tienen una misión ¿qué pasa con el aburrimiento? ¿ no sirve para nada? ¿entonces para qué existe? Y si sirve para algo ¿de qué estamos privando a nuestros hijos al espantar como neuróticos su aburrimiento?
No se, sin tener ni idea se me ocurre que tal vez de la capacidad de mirar para dentro y descubrir que les apetece y conviene en cada momento, tal vez de la habilidad de encontrar la motivación para hacer algo cuando la motivación se ha ido. Tal vez estemos coartando esa creatividad que queremos fomentar con tanto quehacer diario. Tal vez el aburrimiento sea, paradójicamente, la puerta que nos conduce a la diversión futura y sin quererlo, con tantas actividades de luces y colores no estemos sino creando una cortina imposible que esconde la verdadera diversión, la que ha de nacer de ellos mismos.

Muy acertado
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