Mi padre ha sido siempre una persona tremendamente tímida.
Yo soy tremendamente tímida. Samuel es un niño tremendamente tímido.
Es muy sociable pero introvertido al mismo tiempo.
Incluso cuando “supera” la timidez y pasa a formar parte del
juego con otros niños, a menudo lo hace desde el extremo opuesto, con euforia, exhibiendo
su excitación como ninguno, sin parar
quieto y mostrando, sencillamente, la otra cara del mismo hecho, que reacciona
ante situaciones y personas desconocidas en mayor medida que otros niños más
extrovertidos que él.
Dicen que los niños eligen a una sola entre sus personas de
referencia como modelo. Valorando su timidez parece que me ha elegido a mí como
ejemplo del mismo modo que yo elegí a mi padre. ¿Pero qué es antes? ¿La
afinidad en el temperamento es consecuencia de la imitación o la imitación se
debe a la afinidad con el temperamento de esa persona?. Seguramente ambas
cosas. Qué más da.
Uno de los últimos cuentos que le he comprado al niño habla
de Mimí, una niña a la que sus compañeros de colegio llaman Tomatito por su
exagerada vergüenza. Tiene como moraleja, o al menos así se lo enfoco yo al
contarlo, que todos sentimos vergüenza en algún momento del día, que la
vergüenza, como el miedo, como la alegría, como el enfado, va y viene, que no
es mala ni buena, que es normal, que es una emoción y no un defecto, ni una
enfermedad, ni tiene nada terrible de lo que, nunca mejor dicho, avergonzarse. Elegí
comprarle ese cuento cansada de oír lo vergonzoso que es mi hijo y cansada de
la insistencia de algunas personas por que no lo sea (por ejemplo cuando vamos por la calle y cualquiera nos para y le pregunta el nombre o cuando vamos a un cumpleaños, no se quiere separar de nuestro lado) . No quiero que mi hijo se
avergüence de sentir vergüenza.
En esta sociedad nuestra del “supérate a ti mismo y
conviértete en el hombre/mujer/niño/amante/etc… perfecto” No está nada bien
visto ser tímido, retraído, lento. No encaja con el hombre/mujer ideal,
proactivo, emprendedor, luchador, enérgico, con la autoestima a prueba de
bombas, dinámico, contenido…Como si todo eso fuese incompatible con ser tímido.
Cada vez va calando más hondo en nuestra
mente la idea absurda de que ser ese superhombre o esa supermujer es lo que nos
va a llevar, irremediablemente, a la felicidad. Y la verdad es que los extrovertidos
no son más felices que los introvertidos,
lo dicen los estudios, lo que diferencia a unos y a otros es el camino,
la manera de vivir, que les conduce a la
felicidad. Sin embargo, el grado de infelicidad si que correlaciona con el
neuroticismo, y lo que yo opino es que estamos inmersos en una especie de
neurosis colectiva por la perfección, la corrección, la competición, la
superación. Una neurosis tan agobiante que pone en dificultades la felicidad de
todos, introvertidos y extrovertidos.
Sin entras el Google y haces una búsqueda sobre “timidez
infantil” los resultados se refieren a ella como un problema, una
dificultad, algo que requiere un terapia, una intervención, una cura. Es más “de
hoy en día”, y por ello parece que más psicologicamente saludable, ser extrovertido, hablar con
cualquiera, hacer mil cosas, querer estar siempre acompañado, ser aventurero,
no tener ni mostrar miedo, lanzarse desde un puente atado a una cuerda. Probar
de todo. Experimentar de todo.
Y yo, sinceramente, echo de menos más tímidos a mi
alrededor, gente más pausada, con menos afán de protagonismo, con menos
autoestima y más humildad, que sepa decir “no lo se” o “me da miedo” o “me he
equivocado” o “no soy capaz”. Gente que no sienta vergüenza por sentir
vergüenza, por ser vulnerable, por ser como es, por ser solo un ser humano. Gente con la vida
más sencilla. Gente que no necesite ser
un superhombre o una supermujer para ser feliz.

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