La adopción no es fenómeno de los últimos años, ni siquiera de los últimos siglos, parece ser –según la tesis de Manuel Baelo, un profesor universitario de A Coruña- que en la antigua Mesopotamia ya estaba contemplada y regulada la adopción de un hijo. Tampoco en España es algo nuevo y sin embargo si es muy reciente la ley que ampara el derecho a la identidad de los hijos adoptados. Una ley que reconoce el derecho a saber quiénes somos, cómo hemos aterrizado en este mundo y que nos ayuda a entender los detalles y las razones de nuestra historia. Casi nada. Sin embargo a esta ley le hace falta mucha infraestructura para poder ser efectiva ya que, evidentemente, para tener acceso a ese conocimiento personal éste debe estar recogido en alguna parte, debe saberse al menos dónde acudir a preguntar, debe haber registrado nombres, circunstancias, declaraciones, direcciones, debe haber algún hilo del que tirar cuándo la persona adoptada, si es su voluntad, decida indagar en sus orígenes. Y la verdad es que en muchos casos esta información no existe, aunque si exista el derecho a conocerla. Esta ley a día de hoy se queda tremendamente corta, no sólo por lo reciente de su aparición sino también porque la normalización de la adopción en nuestra sociedad está estrenando el mundo y en un porcentaje alto de adopciones la información no sólo no se ha custodiado sino que se ha destruido o se ha dejado pasar la oportunidad de seguir las pocas pistas con las que se partía.
En otros casos, como ocurre en la adopción internacional, la información recogida por los servicios sociales de los países de origen es escueta, imprecisa y a veces incluso falsa. Y las administraciones tampoco hacen gran cosa por completar los informes cuando aún se está a tiempo, esto es, no hacen prácticamente nada por garantizar el cumplimiento futuro de esta ley que recoge el derecho a conocer los orígenes. Casi siempre esta responsabilidad recae en las familias que son las que deciden (o no) reconstruir la historia de sus hijos. Esta es a veces una búsqueda personal, a través de asociaciones o intermediarios. En cualquier caso estas búsquedas no están reguladas por ningún organismo por lo que terminan entrañando también cierto riesgo de transparencia.
Durante los últimos años, de manera intermitente, han aparecido en los medios de comunicación el testimonio de muchos hijos adoptados que han realizado este camino de regreso a sus orígenes. Por lo general son los procesos irregulares e ilegales los que suelen ver la luz de la pantalla, el más sangrante el de las 300.000 adopciones irregulares de bebés robados entre los años 50 y los 90 en el territorio español.
La primera vez que lo vi hacia pocos meses que mi hijo estaba en casa. Yo iba camino de la guardería porque teníamos la reunión de principio de curso y el hombre caminaba despacio unos metros por delante. En aquel momento, aunque los datos de mi hijo hacían fácil la búsqueda y además contaba con una persona de confianza en Etiopía, no tenía nada claro qué era lo que debía hacer al respecto.
Cuando lo vi de lejos pensaba que era un hombre anuncio, de esos que llevan un enorme cartel por delante y por detrás del cuerpo. Yo andaba rápido y al acercarme me di cuenta de que ese hombre, con aspecto de cansado y al mismo tiempo infatigable, no vendía ni ofrecía nada, de que ese hombre recorría las calles buscando a su hijo, recogiendo firmas para la plataforma de familias víctimas del robo de bebés. En sus cartones blancos podía leerse “busco a bebé nacido en junio de 1957” con letras mayúsculas, negras, estremecedoras.
Inevitable pensar en mi hijo, inevitable tener dudas, insoportable vivir con la duda. Cuando pensé que mi hijo adulto, mi hijo adolescente, mi hijo niño, podría encontrarse con ese hombre por la calle y automáticamente preguntarse –como lo hacía yo en ese momento- si otro hombre o mujer, en alguna otra calle del planeta estaría buscándole a él, la balanza buscar/no buscar se inclinó un poquito más hacia un rotundo SI. Me dieron más miedo la ausencia respuestas que las preguntas.
Meses después llegó la tranquilidad. La tranquilidad de contrastar su historia y conocer algunos datos más de su vida, algunos sorprendentes. La tranquilidad de tener la información preparada para él cuando sea capaz de decidir lo que quiere conocer y lo que no. La tranquilidad de preservar su derecho a la identidad, ese que está más contenido en los hechos y en las personas que en la ley, ese que tenemos que intentar proteger a toda costa hasta que ellos puedan coger el testigo de su propia historia.
Sin embargo ayer por la tarde, bajando del autobús volví a verle, esta vez con mi hijo de la mano, y volví a sentir el mismo desasosiego, la misma inquietud, el mismo miedo a que la verdad no sea la verdad.


Gracias por tu comentario.
ResponderEliminarQue forma más interesante de transmitir y reflexionar una duda tan compleja.
Gracias Cristina.