viernes, 17 de mayo de 2013

Adopción y Escuela



La directora de nuestra escuela infantil nos ha entregado esta semana una encuesta. Va dirigida a los padres de los niños de 2-3 años y consta de un total de 15 preguntas relacionadas con el cambio de ciclo. ¿Ven a sus hijos preparados para este cambio de nivel? ¿Cuáles son las inquietudes que se plantean ante el cambio de etapa que se presenta a sus hijos? ¿Cómo creen que sus hijos se adaptarán al nuevo centro?....

Vaya… Yo que creía zanjado el tema del cambio de colegio, volvemos a darle vueltas….
  
En realidad creo que lo que subyace a este análisis mío no es el cambio de ciclo en sí, sino lo que eso significa para nosotros como padres y sobre todo para el niño. Va a hacer dos años que Samuel está con nosotros, dos años de su adopción y de su adaptación. Sin embargo, en cierto modo, con el cambio de ciclo, siento que algo nuevo empieza, un proceso que contiene todos los retos y complejidades de ser una familia adoptiva e interracial.

Hasta la fecha el niño ha sido muy pequeño y no he sentido tener retos añadidos –o si los ha habido han sido muy manejables- en relación a cualquier otra familia con un niño menor de tres años. Se ha movido en un espacio pequeño y protegido, siempre controlado por mí. Pero la cuerda empieza a soltarse, el cordón umbilical comienza a ser compartido con el colegio, con los amigos, con las familias de los amigos, y todas las preguntas que durante este tiempo han ido dirigidas a nosotros, sus padres, de repente empezarán a ir dirigidas a él y lo más importante, formuladas por él.

Siento que para nosotros el cambio de ciclo, o de manera más general el simple hecho de crecer, significa el inicio de un aprendizaje nuevo más allá de la lengua y las matemáticas. Aprender a ser negro en un mundo blanco, aprender que su familia no siempre ha sido su familia, que la otra, la biológica, vive en un país llamado Etiopía, a 8000 km de distancia. Aprender a responder (o a no hacerlo) a preguntas sobre su origen, aprender a ser diferente, llamativo, a ser él mismo, en definitiva, con todo lo que eso significa. Y la verdad es que crecer, para un niño adoptado, significa e implica algunas cosas –sin dramatizar, pero desde luego si otras cosas- con las que no tendrán que lidiar la mayor parte de los compañeros de su clase.

Así que en la elección de colegio la pregunta clave, el origen de mi dilema, la que se escondía tras tanta cavilación era la única importante… ¿qué colegio facilitará este aprendizaje nuestro, tan complejo? ¿en qué escuela mi hijo será tan feliz como lo es ahora?

Mi experiencia, mi vivencia de este cambio, es la clarísima sensación de que es ahora cuando comenzamos nuestra andadura como familia adoptiva, ahora cuando empezamos a plantear inquietudes añadidas a las de cualquier otro niño.

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