viernes, 24 de mayo de 2013

Antes de Dormir

Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma,
nuestros rencores y nuestro porvenir.
Por eso nos parece que son de goma
y que les bastan nuestros cuentos
para dormir.

Nos empeñamos en dirigir sus vidas
sin saber el oficio y sin vocación.
Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones
con la leche templada
y en cada canción.

Nos empeñamos en dirigir sus vidas, dice Serrat. Pero tal vez no tanto para hacerlos a nuestra imagen y semejanza sino motivados por el deseo de que ellos disfruten, como lo hemos hecho nosotros, con determinadas cosas. Este es mi caso con la lectura.


De pequeña no fui una niña con demasiada afición por la lectura, aunque recuerdo con especial cariño el cuento de “La Brujita Wanda” que me leía mi abuela materna. Fue en la universidad, para llenar tantos trayectos de metro hasta Ciudad Universitaria, cuando empecé a devorar libros. Los llevaba siempre a mano, y cualquier momento era aprovechable, esperando a que X saliera de clase, en los pasillos, durante los anuncios, y por la noche, sobre todo en verano, si no estaba muy cansada y el libro lo merecía. Me gustaba especialmente leer en voz alta, cosa que empecé a tener por costumbre años después, cuando me fui a vivir sola.
Es tan grande el placer de encontrar, la palabra adecuada, el pensamiento perfecto, la pieza que encaja milagrosamente en mis torbellinos y explicaciones del mundo, que uno de mis mayores deseos sería que mi hijo descubriera en los libros, como yo lo hice, la poderosa herramienta de la palabra. La palabra dicha. La palabra callada. La palabra escrita. La palabra susurrada. La palabra gritada. La palabra, en este caso, leída.
Hasta hace un mes intentaba dedicar algún momento del día a leer un cuento con Samuel, pero ese momento terminaba escabulléndose con tanta insistencia como yo intentaba buscarlo. Por un lado mi hijo parecía tenerle más amor al tobogán y a los coches que a los libros, y por otro o, callejeros como somos, el tiempo que pasamos en casa era completamente acaparado por las obligaciones, rutinas, comidas, baños y cenas. Así que cuando hicimos el cambio de cuna a cama y eso implicó un cambio en la manera en que mi niño conciliaba el sueño, empecé a incorporar el cuento a la nueva rutina. Y la estrategia ha salido redonda como la luna.
La brujita Mimi, Nacho va a la escuela, Elmer, Besos para dormir, Bumba y Bembé el elefante … Y su favorito “Los animales del mar al dedillo”

Ha sido todo un acierto por las numerosas ventajas de leerles cuentos a los niños (http://leeatushijos.blogspot.com.es/2008/12/los-beneficios-que-tiene-leer-los-nios.html). Paradogicamente, aunque es un momento de relajación destinado a tranquilizarse y coger el sueño, en realidad son los 15 minutos más intensivos del día. Al mismo tiempo incorporamos vocabulario, trabajamos la imaginación, la memoria, la atención, los colores, las texturas, su propia historia personal y todo esto los dos juntitos, cabeza con cabeza, calentitos, acurrucados, felices.
Y si contar las ventajas para el niño supera los dedos de la mano no tenemos dedos suficientes entre su padre y yo para contar todas las cosas me regala ese momento, cada noche.

Luego a ver la tele o a comentar el día. Papá, la casa en silencio, y la agradable sensación de que pase lo que pase, todos los días acaban bien.



1 comentario:

  1. Qué bonito post Cristina y qué bien que por fin tu hijo se deje leer cuentos. Lola empieza ahora a querer de verdad que le lean cuentos. Cuando tenía la edad de Samuel no había manera. Era incapaz de quedarse quieta, y al final acabábamos enfadados. Ahora, entre los cuentacuentos de su hermana y que lo que le gusta a ella mirar libros sola, estamos empezando de nuevo a leerle cuentos. Es un momento muy chulo del día.

    Un beso

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