Otra vez tú, mi espalda, mi sombra,
hada enamorada desde hace años,
perseverante como un animal,
sin marchitarte nunca.
Vienes persiguiéndome por las esquinas
de la ciudad de hielo.
Te miro de reojo, escondida tras la primavera,
e intuyo los rizos imposibles de tu pelo.
Me seduces con tus manos ágiles,
me atrapas entre los hilos de tu ropa.
Te miro y me asusta mirarte.
Otra vez tú, mi música, mi corona.
Apareces para sembrar laureles
que resuelvan mi acertijo y
despliegas tu arte de ilusionista
en el plato callado de la mesa.
Perdida en tu aroma infantil
me empujas hacia tu casa,
adornándome el pelo, los brazos, la cara.
Te escucho y me asusta escucharte.
Otra vez tú, mi cobijo, mi futuro.
Me rodeas como una piel de luz
que me separa del resto,
unida sin remedio a tu imán de miel.
Caigo en le deseo de mecerte
hundida en tu dulzura de ébano,
tenaz como la tierra,
y te acaricio imaginariamente,
aunque me asuste, más que nada, tocarte.
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