Él es hermano de una buena amiga. A veces nos encontramos
por el barrio porque viven cerca de un parque al que suelo ir con Samuel. Nos
conocimos hace un año, acababan de viajar a Rusia a conocer a su futuro hijo y
necesitaban completar su expediente para continuar el proceso. Entre otras cosas, les pedían un dossier de fotos en las que
debían incluir imágenes de la habitación del niño. Coincidió con el momento en
que Samuel pasó a dormir en cama así que se llevaron la cuna, juguetes, la
trona… La angustia y la prisa por
terminar los papeleos cuanto antes se reflejaba en sus caras, en sus ojos, en
su manera de hablar. El niño, en aquel momento, acaba de cumplir un año. Cuando
hablaban de su hijo yo reconocía perfectamente su sentimiento, esa mezcla de
alegría y pena que sobreviene cuando tienes asignación y no ves cerca el
momento de tener a tu hijo. En su caso, además, ya le habían visto, por lo que
no puedo ni imaginarme su desesperación. Te mueves en una dimensión en la que
la tristeza está en un extremo y la euforia en otro, una línea continúa el que
la menor cosa, el menor rumor, puede hacerte rebotar de un lado a otro en un
angustioso vaivén. Su mayor temor, en
aquellos momentos, era que su segundo viaje se retrasará por culpa del verano.
La fecha del juicio llegó, pero nadie podía imaginar que el
juicio se aplazaría y que serían una de esas familias cuyo expediente quedaría
paralizado a la espera de la firma de un nuevo convenio de adopción.
Han luchado, han sufrido, se han ilusionado y desilusionado
infinitas veces. Ya no importaba el tiempo. Ya sólo importaba que el niño
llegase. Como fuese.
Esta mañana me he enterado de que no ha podido ser.
Les han comunicado que el niño ha vuelto con su madre biológica.
Les han comunicado que el niño ha vuelto con su madre biológica.
Y ya está.
Qué vacío. Qué hueco. Qué impotencia.
Se me encoge todo por dentro pensando en ellos, rebotando de
su historia a la mía, a la nuestra. Pensando que por muy poco, yo no soy la
protagonista de esta entrada.
Y es que cuando miro a Samuel me parece un milagro que esté conmigo.
Lo pienso siempre que me asomo a su habitación y lo veo dormido en su cama. Tan
tranquilo, tan feliz en el calor de su cama. Es un milagro que esté conmigo
porque al nacer alguien olvidó darme las papeletas de la maternidad. Me dieron
el deseo, pero no las opciones. Por eso soy tan consciente del milagro: Los últimos expedientes de adopción de
familias monoparentales se legalizaron en la embajada de París en diciembre de
2008, muy poco después de que el mío aterrizase en esa misma embajada. Mi fecha de
contrato con la ECAI
fue el 15 de mayo de 2008 y a día de hoy, casi tres años después de nuestro
viaje, todavía hay familias de ese mismo
año que están pendientes de asignación. Algunas familias del mismo trimestres
fueron asignadas poco después de mi, pero sus adopciones se vieron truncadas
porque sus hijos tuvieron que ser devueltos al orfanato de sur. Al orfanato
donde estuvo Samuel. Podría ser Samuel. Podríamos ser nosotros
Después leo, en el blog de “una madre de marte” (http://madredemarte.wordpress.com/2014/03/06/las-otras-philomenas/)
un artículo sobre la película Philomena.
De manera muy acertada el autor escribe… “Una lección que tiene relación con ello: las mujeres
cuyos hijos van a hogares adoptivos raramente “olvidan y siguen adelante”.
Pueden hacer lo último, sobretodo si tuvieron una voz real en el proceso, pero
como le sucede a Philomena, las vidas que crearon permanecen en sus mentes,
corazones y almas. Y, si no saben dónde están sus hijos e hijas, se angustian
sobre si sus criaturas están sanas o enfermas, incluso vivas o muertas”
Y así es. No me cabe
duda de que así es. No me entra en la cabeza que pueda ser de otro modo. Pienso
constantemente en esas madres. En la madre biológica de mi hijo.
Sin embargo hoy también pienso con verdadera tristeza en las familias
cuyas asignaciones no han podido convertirse en adopciones, especialmente en
aquellas que, para mayor sufrimiento, los padres habían conocido ya a sus
hijos. Aquellas que por poco tiempo que hayan compartido ya se han sentido sus
madres y padres. En esas otras que son Philomenas también…
Y creo que no son sólo cosas que pasan y a las que uno se
expone cuando inicia un proceso de adopción. Si se tratase de eso sería más
fácil de superar. Incluso podría encontrar alivio al pensar que el niño ha
vuelto con su familia biológica y que ese es el interés del menor. Sin embargo,
pensado en las familias adoptivas creo que ellos, junto con los niños y las
familias biológicas, son víctimas de
otro tipo de intereses, económicos, políticos, que maltratan, pisan y destrozan
las vidas de las personas impunente, sin jucio, sin delito, sin que nadie sepa,
sin que nadie lo pare. Intereses que ha permitido que un niño pase sus dos
primeros años de vida –tan importantes- en una institución.
También pienso en las otras madres, en las que no llegan a
serlo nunca. Porque es tarde. Porque no se tiene trabajo. Porque no se puede.
Porque no viene.
Pienso en todas esas madres que sienten que de alguna manera
pierden a sus hijos cada día…
Ojala les llegue pronto su milagro. Aunque no
borrará. No olvidarán. Aunque los hijos que no tuvieron permanecerán siempre en
sus mentes.
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