Ya a
principio de este curso os hablé de esta asignatura Psicología del desarrollo I. Es fácil de leer,
cercana a mi vida cotidiana e interesante, pero como pasa con casi todas las
asignaturas de los primeros años de una carrera, es tan general que no termina
de profundizar en ningún tema. Se completarán en Psicología del desarrollo II,
en Psicología de la Eduación ,
Alteraciones del desarrollo etc…
A veces
siento rabia por no poder dedicarle mas tiempo, sobre todo cuando las
asignaturas me gustan, me limito a la bibliografía básica que la UNED propone para el examen y
poco más… Se quedan sin explorar artículos, materiales multimedia y una lista
demasiado larga de documentación que el aula virtual pone a disposición de los
alumnos.
Sin embargo,
si algo tiene de bueno la carrera de psicología (que ahora se llama grado) es
que junto al aula virtual existe un aula real e inmensa que es la propia vida.
Gratuita, siempre dispuesta, interminable, fuente inagotable de estudio.
Me gusta,
ahora que ha llegado el buen tiempo y pasamos la tarde entera en el parque,
observar las relaciones entre los padres y los hijos. Busco la asociación entre
lo que el padre dice y el hijo hace, y a la inversa, me apunto las buenas
ideas… Comparo la agilidad con la que un niño de dos años sube por la escalera
del tobogán con la de un niño de tres y su evolución en el lenguaje
respecto a los últimos días de parque de otoño, justo antes Navidad. Aprendo de
mi propia interacción con otros niños distintos a mi hijo, de la misma edad
pero con otra forma de ser. Observo lo compleja que es la educación de los niños.
I
En las breves
alusiones a la educación de los niños que he estudiado hasta el momento, varios
autores hablan de cuatro estilos educativos resultado de la combinación de dos
dimensiones, control/exigencia y afecto/apoyo empático. Así, un nivel alto de control sobre la conducta del niño
pero en un ambiente poco afectivo correspondería a un estilo educativo
autoritario mientras que en el polo opuesto,
un nivel alto de afectividad en ausencia de normas serían las
características de un estilo permisivo. Claramente, el estilo idóneo pertenece
a aquellos padres que no bajan la guardia en la exigencia pero lo hacen de
manera afectiva, explicando y razonando las reglas.
Obviamente,
la elección de una estrategia educativa u otra afecta al desarrollo, autoestima
y conducta del menor. En los hogares autoritarios los niños son más
dependientes y poco asertivos y presentan problemas para encontrar su propia
identidad al llegar la adolescencia. En los hogares permisivos, por el
contario, los niños son rebeldes, caprichosos e impulsivos.
A esta
clasificación además, hay que añadirle el famosos “cada niño es un mundo, lo
que funciona con A no me sirve para nada con B” Y es que, por otro lado, está
el temperamento del niño, formándose en continua interacción entre sus
predisposiciones genéticas y la moderación que recibe de sus educadores. Asimismo,
en el otro sentido, el temperamento del niño determina la estrategia educativa
de sus padres. Y es imposible separar una cosa de la otra, se influyen
mutuamente. Un niño fácil y tranquilo facilitará un estilo democrático mientras
que un niño complicado lo dificultará. Del mismo modo, con el mismo niño, será
más fácil negociar el menú de la cena que la hora de irse a la cama o al
revés.. Son muchos los componentes que integran la receta.
Por eso,
descartando los extremos, no creo que exista un estilo educativo cien por cien
bueno y efectivo que nos lleve a con certeza a formar seres humanes seguros y
competentes. Creo que uno, como padre, tiene que situarse en algún punto de esa
gráfica, en unas coordenadas determinadas de control y afecto. Y que esa
elección, además, es como las finanzas, que requiere replanteamiento diarios,
dependientes del niño, del contexto, etc… Que como en todas las relaciones humanas se
trata de buscar el punto de ajuste, ese lugar de bendito equilibrio que es
nuestro muchas veces y otras se nos escapa.



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