Mi hijo ha
abierto muchas nuevas puertas en mi vida, gracias al "libro de irse a la cama", por ejemplo, me estoy aficionando a cuentos ilustrados. Oliver Jeffers es mi último gran
descubrimiento.
Ni que decir
tiene que los cuentos son fantásticos por sí mismos y que además el cuento es un vehículo
poderoso para trabajar con los niños, sobre todo con los más pequeños. Como a
mi hijo, además, parecen gustarle bastante, exploto este área todo lo que
puedo. Los utilizo por placer, buscando
momentos de complicidad con mi hijo y también, en otras ocasiones, para empezar
a hablar con mi hijo de ciertos temas como la adopción, los rasgos raciales, la
timidez o el miedo… Son muchos los libros infantiles que dedican sus páginas a
la diferencia. Elmer, el elefante de colores, es un ejemplo de eso.
Hace un par
de semanas probamos a llevarle a un Cuentacuentos. Fue en una asociación
cultural, en un ambiente reducido, muy familiar, y para nuestra suerte el
contador de cuentos resultó ser fantástico.
Se llamaba “cocinando cuentos” y para elegir historia removía en una
cazuela y probaba el guiso, que sabía a granja cuando el cuento trataba de una
granja, a oso cuando los protagonistas iban a cazar un oso y a colores cuando
el cuento hablaba de un niño negro que se preguntaba por qué a él le decían “de
color” si su piel siempre era igual y no a su vecino, que a veces era rosita,
se ponía rojo cuando le daba el sol, azul cuando tenía frío y verde cuando
estaba enfermo.
No se si el
contador eligió o no ese cuento al ver a mi hijo o si simplemente fue
casualidad. A mi, sensible como estoy, se me saltaron las lágrimas por el
simple hecho de que haya cuentos con esa temática, por la realidad de que a día
de hoy siga siendo necesario educar en ciertas cosas… Pero me gustó que
eligiera ese cuento, cómo lo enfocó y también el gustó a Samuel, que a su nivel
de niño de tres años se sintió identificado y luego por la noche, cuando
repetimos en casa el juego de la cazuela y la cuchara, me dijo que el guiso le sabía a colores.
Algo parecido nos encontramos este domingo en la fiesta de carnaval que la asociación Tobogán de Luz
organiza en el barrio. Los monitores, después del pasacalles, prepararon juegos
y leyeron el cuento de Monstruo Rosa a los más pequeños.
Sin embargo esta vez….
Cuando
abrieron el cuento por la primera página y ví toda una fila de huevos blancos
entre los que se encontraba un enorme
huevo rosa y peludo no me emocioné como el domingo anterior, ni me pareció
oportuno, ni me apeteció en absoluto escuchar el cuento… Todo lo contario, me
dije a mi misma un cansado “otra vez…” No se, para mi sorpresa
me sentí molesta, incómoda como si todos los presentes nos señalasen con el
dedo, como si apagaran la música en el momento álgido de la fiesta. No, no y
no. Me sentía en cierto modo enfadada porque estábamos de domingo, de mañana
soleada, de carnaval, y no era el momento, me apetecía estar sin más, con la
mente en blanco, no quería que nadie nos (le) recordase que somos huevos rosas y
que tenemos un largo camino de trabajo y búsqueda por delante.
Me dio por
pensar….
Hasta la
fecha siempre he estado convencida que este tipo de cuentos, los que hablan de
la diferencia, eran los que necesitaba mi hijo, que nos venían como anillo al
dedo para hablar en casas de sus diferencias, de nuestras diferencias. Pero la verdad es que, el domingo pasado, en
mi malestar, tuve la idea de que esos cuentos, en los que siempre hay alguien
que sufre por ser diferente pero que termina encontrado su lugar en el mundo
tras una larga travesía, no nos sirven, que esos cuentos también están escritos
para los pájaros blancos, no para los monstruos rosas, para afinar la mirada
del igual, no la del diferente.
Que lo que mi
hijo necesita no son sólo cuentos que le recuerden que es DIFERENTE sino justamente
lo contrario, cuentos que le muestren todas las cosas en las que si es IGUAL a
los demás.




Y nunca me había dado cuenta de lo importante que es trabajar el que somos iguales.
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