martes, 4 de marzo de 2014

Monstruo Rosa

Mi hijo ha abierto muchas nuevas puertas en mi vida, gracias al "libro de irse a la cama", por ejemplo,  me estoy aficionando a cuentos ilustrados.  Oliver Jeffers es mi último gran descubrimiento.



Ni que decir tiene que los cuentos son fantásticos por sí mismos  y que además el cuento es un vehículo poderoso para trabajar con los niños, sobre todo con los más pequeños. Como a mi hijo, además, parecen gustarle bastante, exploto este área todo lo que puedo.  Los utilizo por placer, buscando momentos de complicidad con mi hijo y también, en otras ocasiones, para empezar a hablar con mi hijo de ciertos temas como la adopción, los rasgos raciales, la timidez o el miedo… Son muchos los libros infantiles que dedican sus páginas a la diferencia. Elmer, el elefante de colores, es un ejemplo de eso.


Hace un par de semanas probamos a llevarle a un Cuentacuentos. Fue en una asociación cultural, en un ambiente reducido, muy familiar, y para nuestra suerte el contador de cuentos resultó ser fantástico.  Se llamaba “cocinando cuentos” y para elegir historia removía en una cazuela y probaba el guiso, que sabía a granja cuando el cuento trataba de una granja, a oso cuando los protagonistas iban a cazar un oso y a colores cuando el cuento hablaba de un niño negro que se preguntaba por qué a él le decían “de color” si su piel siempre era igual y no a su vecino, que a veces era rosita, se ponía rojo cuando le daba el sol, azul cuando tenía frío y verde cuando estaba enfermo.



No se si el contador eligió o no ese cuento al ver a mi hijo o si simplemente fue casualidad. A mi, sensible como estoy, se me saltaron las lágrimas por el simple hecho de que haya cuentos con esa temática, por la realidad de que a día de hoy siga siendo necesario educar en ciertas cosas… Pero me gustó que eligiera ese cuento, cómo lo enfocó y también el gustó a Samuel, que a su nivel de niño de tres años se sintió identificado y luego por la noche, cuando repetimos en casa el juego de la cazuela y la cuchara,  me dijo que el guiso le sabía a colores.

Algo parecido nos encontramos este domingo en la fiesta  de carnaval que la asociación Tobogán de Luz organiza en el barrio. Los monitores, después del pasacalles, prepararon juegos y leyeron el cuento de Monstruo Rosa a los más pequeños.


 Sin embargo esta vez….

Cuando abrieron el cuento por la primera página y ví toda una fila de huevos blancos entre los que se encontraba un  enorme huevo rosa y peludo no me emocioné como el domingo anterior, ni me pareció oportuno, ni me apeteció en absoluto escuchar el cuento… Todo lo contario, me dije a mi misma un cansado “otra vez…” No se, para mi sorpresa me sentí molesta, incómoda como si todos los presentes nos señalasen con el dedo, como si apagaran la música en el momento álgido de la fiesta. No, no y no. Me sentía en cierto modo enfadada porque estábamos de domingo, de mañana soleada, de carnaval, y no era el momento, me apetecía estar sin más, con la mente en blanco, no quería que nadie nos (le) recordase que somos huevos rosas y que tenemos un largo camino de trabajo y búsqueda por delante.

Me dio por pensar….

Hasta la fecha siempre he estado convencida que este tipo de cuentos, los que hablan de la diferencia, eran los que necesitaba mi hijo, que nos venían como anillo al dedo para hablar en casas de sus diferencias, de nuestras diferencias.  Pero la verdad es que, el domingo pasado, en mi malestar, tuve la idea de que esos cuentos, en los que siempre hay alguien que sufre por ser diferente pero que termina encontrado su lugar en el mundo tras una larga travesía, no nos sirven, que esos cuentos también están escritos para los pájaros blancos, no para los monstruos rosas, para afinar la mirada del igual, no la del diferente.


Que lo que mi hijo necesita no son sólo cuentos que le recuerden que es DIFERENTE sino justamente lo contrario, cuentos que le muestren todas las cosas en las que si es IGUAL a los demás.  

1 comentario:

  1. Y nunca me había dado cuenta de lo importante que es trabajar el que somos iguales.

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