Hasta hace un año, cuando hice las entrevistas para la obtención del Certificado de Idoneidad, yo nunca había ido a un psicólogo ni leído un sólo libro sobre psicología. Desde entonces se que no existen problemas, sino dificultades y que las dificultades se elaboran, gestionan o manejan en función de los recursos de cada persona. Y es que la psicología tiene, como todo, su propio vocabulario. Es curioso como todos los padres adoptivos –tanto los que ya tienen a sus peques como los que aún estamos a la espera- hemos integrado ese lenguaje al nuestro, al cotidiano, al de todos los días. Los que habláis conmigo a menudo os habréis dado cuenta de esto.
El mundo de la adopción también tiene su lenguaje particular. Por ejemplo, se dice que los niños adoptados vienen con su MOCHILA para hacernos entender a sus futuras familias que el menor tiene una historia previa a su llegada a España que nunca debe olvidarse. Tiene un país de origen, unas vivencias determinadas, están acostumbrados a unos olores, a unos sabores, a una vida completamente diferente. En el momento de la adopción el niño es literalmente transplantado de un país a otro y la mochila es el puente, lo que va a unir su pasado con su futuro, y lo que va a condicionar junto a otros factores la adaptación y quizá otros aspectos del desarrollo personal del niño. Los padres debemos ser conscientes de ello y hablar de su pasado con naturalidad, de manera que él se sienta libre para expresar las dudas o conflictos que ésta situación pueda generarle. Esta mochila además, y esa es la parte más complicada desde mi punto de vista, está llena de interrogantes, puesto que la información que se tiene sobre los niños generalmente suele ser escasa y confusa.
Cuando la psicóloga me preguntó en las entrevistas si le contaría al niño todo sobre su origen, por duro que éste fuera, le dije que si, y mi argumento fue pensar que es más fácil asumir un hecho concreto, por doloroso que sea, que enfrentarse a la duda permanente, que asumir la incertidumbre es proceso que puede prolongarse toda la vida. Afirmé todo esto con mucha seguridad porque pienso que es lo que querría para mí (y digo pienso porque jamás he vivido nada remotamente parecido a la experiencia de ser adoptado), pero me pregunto si todos sentimos la misma necesidad de conocer la verdad de las cosas. Y si no es así, si seré capaz de identificar hasta dónde está él o ella preparado para saber.
Por otro lado, pensando que como madre del niño seré parte esencial de su mochila futura, me pregunto, me analizo, e intento identificar cuál es el contenido de mi equipaje. Y revuelvo, revuelvo y revuelvo detrás de mi espalda para no dejarme nada por descuido:
Llevo en alas historias de ojos tapados.
Llevo en los ojos armas dispuestas a nada.
Llevo en las armas fantasías que me sueltan la mano.
Llevo en las fantasías alas.
Llevo como en un cajón todas las horas dobladas
y queda el hueco justo sobre los hombros para tenerte.
El mundo de la adopción también tiene su lenguaje particular. Por ejemplo, se dice que los niños adoptados vienen con su MOCHILA para hacernos entender a sus futuras familias que el menor tiene una historia previa a su llegada a España que nunca debe olvidarse. Tiene un país de origen, unas vivencias determinadas, están acostumbrados a unos olores, a unos sabores, a una vida completamente diferente. En el momento de la adopción el niño es literalmente transplantado de un país a otro y la mochila es el puente, lo que va a unir su pasado con su futuro, y lo que va a condicionar junto a otros factores la adaptación y quizá otros aspectos del desarrollo personal del niño. Los padres debemos ser conscientes de ello y hablar de su pasado con naturalidad, de manera que él se sienta libre para expresar las dudas o conflictos que ésta situación pueda generarle. Esta mochila además, y esa es la parte más complicada desde mi punto de vista, está llena de interrogantes, puesto que la información que se tiene sobre los niños generalmente suele ser escasa y confusa.
Cuando la psicóloga me preguntó en las entrevistas si le contaría al niño todo sobre su origen, por duro que éste fuera, le dije que si, y mi argumento fue pensar que es más fácil asumir un hecho concreto, por doloroso que sea, que enfrentarse a la duda permanente, que asumir la incertidumbre es proceso que puede prolongarse toda la vida. Afirmé todo esto con mucha seguridad porque pienso que es lo que querría para mí (y digo pienso porque jamás he vivido nada remotamente parecido a la experiencia de ser adoptado), pero me pregunto si todos sentimos la misma necesidad de conocer la verdad de las cosas. Y si no es así, si seré capaz de identificar hasta dónde está él o ella preparado para saber.
Por otro lado, pensando que como madre del niño seré parte esencial de su mochila futura, me pregunto, me analizo, e intento identificar cuál es el contenido de mi equipaje. Y revuelvo, revuelvo y revuelvo detrás de mi espalda para no dejarme nada por descuido:
Llevo en la espalda alas.
Llevo en alas historias de ojos tapados.
Llevo en los ojos armas dispuestas a nada.
Llevo en las armas fantasías que me sueltan la mano.
Llevo en las fantasías alas.
Llevo como en un cajón todas las horas dobladas
y queda el hueco justo sobre los hombros para tenerte.
muy bonitoooooo... tienes toda la razon en lo que has escritooo, sigo tu blog y es la primera vez q te escribo..beosos
ResponderEliminarHaces muy buenas reflexiones... yo pienso mucho en estas cosas, pero creo que no las expreso tan bien.
ResponderEliminarEstoy deacuerdo contigo en que lo peor es la incertidumbre... y en los cursos la psicóloga me dejó tocada, porque en un momento dado me respondió qué pudiera ser que no supiéramos nada... y que entonces tendría que ayudar a mi hijo a aceptar vivir para siempre con esa duda... menuda papeleta!!
Un abrazo.