Una de las cosas que más placer me produce es ver jugar a mi hijo. Según va creciendo se entretiene más con las cosas, va desarrollando poco a poco la capacidad de crear juegos, la capacidad de concentrarse en ello. Últimamente juega mucho a hacer torres con las piezas de Lego, también le gusta, sobre todo con mamá al lado, pasar las páginas de los cuentos de animales, y expresa su lado más afectivo con los peluches, a los que besa, abraza, pasea y con los que comparte sus otros juguetes, les tumba en un cojín y les va colocando encima los coches, los animales de plástico, las piezas, en fin, lo que vaya encontrando.
Pero sobre todo, lo que más felicidad me produce es verle jugar con otros niños, como el día en que nos encontramos con Ariadna (nuestra vecina) en el parque y no pararon de subir y bajar del tobogán, o antes de ayer, en la piscina con su prima que disfruto a todo tren con ella abrazándola, siguiéndola, viéndola tirarse a bomba en la piscina, corriendo los dos como locos detrás de la pelota hinchable que le compré para la playa.
Me hace muy feliz observarle en esos momentos, sobre todo porque lo normal cuando hay niños, si no les ve normalmente, es que se quede pegadito a mi pierna, agobiado incluso por la situación. Y no es que eso sea algo que me importe, me siento muy orgullosa del apego de mi hijo hacia mi, pero pensando en él me siento triste de que no quiera ni acercarse a esos momentos en lo que, de no ser por sus miedos, disfrutaría tanto.
Tiempo al tiempo y poco a poco, que es lo que se dice en estos casos. De momento me quedo con la satisfacción de esas tardes en las que se relaja, se da cuenta de que no pasa nada, se deja llevar y se lo pasa como lo que es, un niño que quiere saltar, correr, ir, venir, trotar, subir, bajar, y que también necesita, a parte de con mamá y papá, estar con otros niños.
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